
Luis Barazarte
Tcnlgo Agropecuario / Economista
CEO- @consultagro
Durante años, planificar en Venezuela —especialmente en el sector primario y agroindustrial— ha significado operar bajo incertidumbre permanente. Inflación elevada, brecha cambiaria, restricciones de financiamiento, fallas de servicios y cambios regulatorios obligaron a productores y agroindustrias a desarrollar una alta capacidad de adaptación. En este contexto, la prioridad estratégica no ha sido crecer, sino permanecer.
Aunque en 2026 comienzan a observarse señales de recuperación económica y proyecciones de crecimiento para Venezuela, el optimismo debe manejarse con cautela. Distintos organismos y gremios proyectan expansión del PIB, crecimiento manufacturero y mayores oportunidades derivadas de cierta flexibilización económica. Sin embargo, persisten problemas estructurales como inflación, baja demanda, limitaciones de crédito, costos operativos elevados y fragilidad institucional.
Esto significa que el crecimiento potencial no beneficiará automáticamente a todos los actores. La recuperación será desigual y favorecerá principalmente a quienes logren prepararse con anticipación. Los cambios estructurales necesarios para consolidar un verdadero viraje económico requieren tiempo, inversión y estabilidad, por lo que las estrategias de resistencia siguen siendo indispensables.
El entorno actual exige una visión más amplia: ya no basta únicamente con “sobrevivir”. Las empresas deben combinar estrategias defensivas con estrategias de crecimiento. En otras palabras, mientras se continúa “surfeando la ola”, también es necesario prepararse para escenarios de expansión futura. Esto implica volver a pensar en productividad, escalabilidad, competitividad y posicionamiento dentro de la cadena agroalimentaria.
La premisa central es clara: el crecimiento llegará, pero solo quienes estén preparados podrán capitalizarlo.
En ese contexto, existen tres estrategias fundamentales que resultan útiles tanto en escenarios adversos como en etapas de recuperación:
La prioridad debe ser financiera y operativa. No importa únicamente cuánto se produce, sino cuánto cuesta producir cada kilo o litro. Muchas empresas incrementan volumen sin mejorar rentabilidad.
Las acciones clave son:
La herramienta mínima recomendada es un flujo de caja operativo actualizado. Vigilar de cerca el movimiento del dinero permite conocer la liquidez real del negocio, detectar fugas financieras y tomar decisiones oportunas sobre costos, compras e inversión.
La capacitación sigue siendo una de las inversiones más seguras en contextos inciertos. Las empresas más competitivas serán aquellas capaces de desarrollar talento y fortalecer competencias técnicas y gerenciales.
Las áreas prioritarias incluyen:
La profesionalización mejora la capacidad de análisis, facilita la toma de decisiones y permite responder con mayor rapidez ante cambios del entorno.
El crecimiento también depende de la capacidad de detectar oportunidades y generar confianza.
Para ello es necesario:
En un entorno donde podrían abrirse espacios para inversión, financiamiento o expansión comercial, los productores organizados y con visión estratégica tendrán mayor posibilidad de acceder a capital, alianzas y mercados.
En síntesis, Venezuela va a entrar en una etapa de recuperación, pero el crecimiento no será automático ni uniforme. Los productores que logren fortalecer sus finanzas, desarrollar capacidades y prepararse estratégicamente serán las que capitalicen las oportunidades futuras, mientras otros continuarán atrapados únicamente en la lógica de la supervivencia.